CAÍDOS EN LOS HORNOS DE SAL

Foto- TripAdvisor

Hilos grises se levantaron, y en su ruta hacia el cielo se llevaron su alma.

Era el humo del horno en donde su cuerpo se deshizo. Su espíritu se levantó victorioso, hacia un espacio más blanco, más nítido que el mundo de la sal cocinándose. Su cuerpo se desintegró por el ardor del fuego, por la fuerza de la salmuera en ebullición. Así partió. Los remordimientos de aquellos que no supieron cómo ayudarle, recreaban su fantasma cada día; lo escuchaban llorar, pedir auxilio; dicen que hasta lo veían y le pedían perdón. No le pudieron ayudar.

Después cada uno atisbaba sus remordimientos en la cara del otro.

Así sucedía en ocasiones, era difícil rescatarlos.

Foto- Internet

Refiere esta historia, Deyanira, hija de Marco Tulio Herrera, oriundos de Nemocón:

«Por ahí en 1930, paso eso, contaba mi papa, ahí en los hornos purificaban la sal, a fuego vivo. Acá había varios hornos para evaporar la sal, la purificaban. Era mucha la gente que trabajaba allí. Un día alguien se cayó; no supieron más que hacer que avivar el fuego, y después la angustia los consumía y el remordimiento por el compañero».

Sucedió por esos días en que los habitantes del caserío cocinaban sal por contrato, los hornos eran comunes en diferentes sitios y las mujeres diestras en estas labores. El precio era alto: la contaminación oscurecía los estrechos callejones y hasta las montañas subía el humo.

Era común el tránsito de carretas arrastradas por bueyes, llevando sal de los hornos hacia la mina.

Pero como inicio este mundo de hornos y mineros, de historias saladas.

Una de las teorías:

La sal tiene sus orígenes en China durante la época del emperador Huanghi (año 2670 A.C) en un lugar lleno de montañas y lagos salados; es muy posible que el sol veraniego evaporara el agua de los lagos y la población se dedicara a recolectar los pequeños cristales de sal.

Otra que se destaca:

La sal también era conocida por los Israelitas, se hace mención de ella en la Biblia, específicamente en el libro de Levítico Capítulo 2 Versículo 13 Y sazonarás con sal toda ofrenda que presentes.

En Nemocón:

Se dice que por accidente un nativo cayó en un pozo de agua salada, la probó y le comunicó al resto de la comunidad su hallazgo. Así empezaron a cocinar con esta agua y descubrieron que realzaba deliciosamente el sabor de las comidas.

Al inspeccionar sobre la causa del nuevo sabor, se cuenta que los Chibchas encontraron que se debía a que el agua dulce tenía contacto con las piedras que hoy llamamos sal (halita, sal o sal de roca).

 Así inició la explotación de la mina, la base de la economía en Nemocón.

Cuenta fray Pedro Simón, en su época, como realizaban los muiscas la preparación de los panes de sal: “La sal que hacen del agua (…) la cual cuecen en vasos de barro aposta tienen hechos para esto, que llaman ellos gachas, y no sirve más de una sola vez, porque se quedan pegadas a la sal que no puede despegarse sin quebrarla”.

El valle de la sal.

En Nemocón, igual que en muchos puntos de Europa, se encuentran reunidos:  roca arenisca, yeso, sal gema, arcilla salífera con persulfuro de hierro, caliza, hulla, manantiales calientes. Es común esto donde la tierra contiene sal. Se presentan idénticas condiciones.

Comentan los expertos que el estrato de sal gema descubierto a flor de tierra, de hoja grande, color blanco nieve, de gran transparencia; es acá un brote de salmuera natural más pura, y más rápida que en otras partes. 

La cocción fue pensada por los indios de manera artística: se levantaba un paralelogramo de mampostería, el horno tenía normalmente unos 15 o 16 pies de longitud, y 5 pies de ancho, el fuego quemaba sobre el suelo a unos 4 o 4 ½ pies de distancia de los cazos; Junto a los hornos apenas 2 pies más profunda que la superficie de los cazos, se elevaba la mampostería. Y, recostados en fila contra las paredes colocaban sacos de cuero tensionados en marcos de madera, donde reposaba la salmuera apta para cocción. A veces se podía ver el fuego de hasta tres hornos levantados al tiempo.

La madera se hizo escasa, los particulares participaron con hornos grandes en convenios individuales con familias aisladas, en calderas. Resultaba así más fácil levantar un fogón económico, con menos madera.

Las llamaradas brotaban tempraneras por los diferentes sectores del caserío nemoconense, terminando en eternas jornadas, en cadentes olas de sudores.

Fueron muchas las historias en que con desgarradoras lágrimas despidieron a un intrépido minero que después de hundirse en el fuego abrazador de un horno, atravesó al aire húmedo de la muerte; y en alguna parte de los otros mundos recordará lo pasado, como un mal recuerdo, o como un sueño.

Y, escuchará sin duda los aterrorizados gritos de quienes lo vieron desaparecer en medio del hervor de la sal que al purificarse lo devoró.

Eran los caídos en los hornos, los huérfanos de Dios en el reino de la sal.

Publicado por gal196

Olga Lucia Ríos A. Colombiana, estudios en Narrativa y Creación Poética. Conferencista y capacitadora. Diplomado en Escritura Creativa: Cuento y Crónica Literaria - Pontificia Universidad Javeriana. Maestría en Reiki, diplomado en el Manejo de Terapias Alternativas. Especialista en captación y capacitación de agentes de call center en aut baun e in baun. Amplia experiencia en conferencias de servicio al cliente. Escribo: Ensayo, crónica, leyenda, cuento, poesía y haiku. He publicado textos en revistas, periódicos y páginas web. Mi último libro, “Raíces del Árbol de los Sueños I” edición, octubre 2017 –Panamericana Participación en recitales de poesía, entre ellos Encuentro de Mujeres Poetas, del Museo Rayo de Dibujo y Grabado Latinoamericano, en Roldanillo Valle.

9 comentarios sobre “CAÍDOS EN LOS HORNOS DE SAL

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