LOS MUERTOS NO SONRÍEN, Y MENOS LOS MÁRTIRES

—Se saludaron fríamente, los muertos no sonríen.

Era una de esas tardes invisibles en el pueblo de Nemocón. Todo frío. Llenas las calles de barro entre las piedras, hasta bueyes fantasmas se veían por ahí.

La mina como de costumbre, —ella resaltaba siempre, fuera de día o de noche; se notaba, sabía que era la reina del caserío. Al igual que los hornos de sal, —los consideraba sus hijos. Tenía muchos hijos por todas partes. El humo era la señal de tantos hijos de la mina. Así que, en esta, una tarde más, cuando el humo cubría parte del cielo cercano, transcurría el tiempo, sin que nadie le prestara atención; entonces fue muy fácil para ella meterse en el mundo de los muertos.

Fueron apareciendo titilantes lucecitas, unas más grandes, otras más claras, y algunas, que apenas eran luces. Como era una tarde invisible y lluviosa, los habitantes vivos estaban en algún lugar envueltos en sus mantas, porque las cosas se perciben, cuando se acercan los muertos la gente siente.

Centenares de hebras opacas por aquí y por allá; luces espectrales que sólo los escogidos para hablar con otros mundos podrían ver. Brotaron de la nada, en puntos específicos de los alrededores como si fueran de un sueño: se veían saliendo de los hornos, a la entrada de la mina, por socavones, casas abandonadas, cerros, el parque, la iglesia, caminos lejanos y cercanos; muchas luces cerca de la mina por pueblo viejo; —fueron levantándose al tiempo, como en un desfile programado, acercándose unas a otras, sin prisa alguna; —hasta formar una gran reunión, frente al Templo Santo.

Se saludaron fríamente, los muertos no sonríen.

Este enorme tumulto de luces, que ahora dejaban asomar formas humanas.

Se fueron materializando: apareció la Sin Sombrero; por un lado, un hermoso rostro y por el otro la espantosa mueca cubierta por el ala del sombrero; parado con imponencia con su atuendo español, Juan de Olmos, inclinaba la cabeza ante el cura; —él no le prestaba atención, porque era el cura sin cabeza. Algunos indios se fueron visualizando cubiertos hasta los pies con sus mantas de algodón que ajustaban a los hombros, unas con nudos, otras con alfileres de oro, sus caras pintadas, muy serios, —miraban al encomendero sin parpadear.  Apareció de pronto la chismosa, no paraba de pedir perdón por sus chismes y fisgoneos; por el aire levitando, riendo a carcajadas, — ¡ha! Una bruja, —claro, no faltan.

Acongojado, fue de los últimos en llegar, el viejo Chipin, no se atrevía a mirar de frente a los liberales que eran muchos. Siguieron apareciendo las figuras de mineros, que murieron debajo de una roca de sal o quemados en algún horno que los consumió mientras sus gritos cubrían el caserío. De repente, tambaleándose un borracho, sin soltar la totuma de chicha, se reía sin razón, mirando a todos lados, como acabado de despertar.

Muchos otros muertos en diferentes situaciones, fueron reapareciéndose delante y detrás de los presentes.

Foto OlgaLú

Por último, José Chávez, Manuel Luna, Francisco Mendieta, Francisco Cubillos, Juan Ignacio Novoa, José García, Manuel Ríos y Mónica Carlos, los mártires de la patria reclamaron importancia, — todos los espectros voltearon sus rostros y el que tuviera sombrero se lo quitó.

Publicado por gal196

Olga Lucia Ríos A. Colombiana, estudios en Narrativa y Creación Poética. Conferencista y capacitadora. Diplomado en Escritura Creativa: Cuento y Crónica Literaria - Pontificia Universidad Javeriana. Maestría en Reiki, diplomado en el Manejo de Terapias Alternativas. Especialista en captación y capacitación de agentes de call center en aut baun e in baun. Amplia experiencia en conferencias de servicio al cliente. Escribo: Ensayo, crónica, leyenda, cuento, poesía y haiku. He publicado textos en revistas, periódicos y páginas web. Mi último libro, “Raíces del Árbol de los Sueños I” edición, octubre 2017 –Panamericana Participación en recitales de poesía, entre ellos Encuentro de Mujeres Poetas, del Museo Rayo de Dibujo y Grabado Latinoamericano, en Roldanillo Valle.

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