Y el silencio se alzó como tumba

La noche devoró la última luz, y el silencio se alzó como tumba. En el umbral, un perro de hielo vigila las ruinas. Sus ojos son brasas extinguidas, sus pasos, cadenas en la penumbra. La casa respira polvo y sus muros sangran grietas oscuras.
Nadie recuerda cuándo empezó a desmoronarse. Algunos dicen que fue después del incendio; otros, que la casa nació rota, como si hubiera sido construida sobre un corazón que ya no latía. Pero todos coinciden en algo: la casa elige a quien entra.
Esa noche, la elegida fue Clara.
Había caminado horas siguiendo un rumor, una voz que no era voz, un llamado que se colaba entre los árboles como un hilo de humo. Cuando vio la casa, sintió que ya la conocía. No por haber estado allí, sino porque la casa parecía haber estado dentro de ella desde siempre.
El perro de hielo levantó la cabeza. No gruñó. No ladró. Solo la miró con un cansancio antiguo, como si supiera que resistirse era inútil.
Clara cruzó el umbral.
El aire se volvió espeso, casi líquido. Las paredes respiraron. Algo se deslizó por el techo, rápido, como una risa sin cuerpo. Las voces rotas despertaron, murmurando nombres que no pertenecían a ningún vivo.
Clara avanzó, atraída por un latido que venía del fondo de la casa. Cada paso era un recuerdo que no era suyo: una mujer llorando detrás de una puerta cerrada; un niño escondido bajo la mesa mientras alguien gritaba; un hombre que prometía volver y nunca regresó.
La casa no mostraba imágenes: las inyectaba.
Cuando llegó al salón principal, lo vio. Un espejo enorme, cubierto de polvo, pero intacto. El latido venía de allí, como si el vidrio tuviera corazón.
Clara se acercó.
En el reflejo no estaba ella. Estaba la casa. La casa por dentro: viva, palpitante, hecha de sombras que se movían como órganos. Y en el centro, un hueco. Un vacío que pedía ser llenado.
El perro de hielo apareció detrás de ella. Su aliento era vapor helado.
Clara entendió.
La casa no buscaba visitantes. Buscaba habitantes. Buscaba almas que pudieran sostener su secreto.
El espejo tembló. Las sombras se abrieron como un abrazo.
Clara dio un paso.
Y la casa, satisfecha, cerró la puerta.
Desde afuera, solo se escuchó un suspiro. Luego, nada.
El perro de hielo volvió a su puesto en el umbral. Inmóvil. Eterno. Custodiando la sombra. Custodiando el secreto.
La casa había elegido. Y en su elección, la noche nunca termina.
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