Tres veces el mismo valle: Tragedia en Armero
Antes de Armero, la tierra ya había hablado dos veces. Esta es la historia de un lugar que nadie quiso recordar ni escuchar.

Primera vez: Tasajeras, 1595
Era domingo, 12 de marzo. Domingo de San Lázaro.
Los indígenas que vivían en Tasajeras oyeron primero el ruido. Fray Pedro Simón, que lo contó años después, habló de «tres truenos sordos como de una bombarda». El cielo se cerró de ceniza. Según los relatos, la oscuridad llegó hasta cincuenta kilómetros de la cumbre.
Luego bajó el río. Lodo caliente, olor a azufre, peces muertos, rocas arrastradas por dos kilómetros. Corrió por el Gualí y por el Lagunillas y se llevó lo que encontró.
Los cálculos de muertos van de sesenta a seiscientos treinta y seis. Los cronistas no contaron con exactitud. Tampoco hubo quien levantara lápida.
Haiku
Truenos sordos
un domingo de marzo
despierta el monte
Noche cerrada
un noviembre callado
despierta el río

Segunda vez: San Lorenzo, 1845
Pasaron doscientos cincuenta años. El barro se secó, la gente volvió y el valle fue pueblo otra vez.
A mediados de febrero, el río Lagunillas se quedó seco. Era época de calor, el deshielo debía traerlo crecido, y sin embargo no tenía agua. Desde la cordillera llegó un ruido como de gruesa artillería. Así lo escribió Ramón Guerra Azuola, que recogió el testimonio del cataclismo.
Después vino la avalancha. Se dice que el 19 de febrero un temblor sacudió la mañana y luego bajaron los flujos de lodo. Hay quien cuenta que llegaron bloques de hielo del tamaño de una habitación hasta las puertas de San Lorenzo. Los geólogos todavía discuten si fue erupción o sismo. Lo que nadie discute es el daño: el alcalde pidió ayuda al Gobierno por unos 650 muertos, y otros estudios hablan de mil.
Los expertos creen que aquel flujo fue tan grande como el de 1985, o mayor.
Haiku
Bloques de hielo
bajaron hasta el pueblo
nadie los llamó

El olvido, 1895
Cincuenta años después, alguien miró esa llanura y vio un buen lugar para vivir.
Fundaron un pueblo en 1895 y lo llamaron San Lorenzo, igual que al anterior. Lo hicieron sobre los mismos depósitos que había dejado el lodo viejo. En 1908 fue reconocido como municipio. En 1930 le cambiaron el nombre a Armero.
Crecieron las calles, las plazas, los cultivos de algodón y arroz. Nadie en el pueblo enseñaba a los niños que ese suelo ya se había movido dos veces. El volcán tenía fama de dormido y no de volcán.
Haiku
Se seca el barro
vuelve la gente al valle
memoria breve
Tercera vez: Armero, 1985
Tercera vez: Armero, 1985
Eran las nueve de la noche del 13 de noviembre de 1985.
Después de casi 140 años dormido, el Nevado del Ruiz despertó. Lanzó una columna de ceniza y gases hacia el cielo. En los pueblos de la cordillera, la gente miró hacia arriba con curiosidad. Nadie imaginó que la muerte ya venía bajando por el río.
El calor derritió en minutos parte del glaciar que coronaba la montaña. Agua, hielo y lodo se mezclaron en un lahar, un río de barro ardiente que bajó por el cañón del Lagunillas a unos cuarenta kilómetros por hora. Llevaba hasta cuarenta metros de altura en algunos tramos.
Pasadas las once de la noche, llegó a Armero.
La ciudad dormía. Vivían allí cerca de 27.000 personas. El barro entró como un muro, arrasó puentes, casas, edificios y vidas en cuestión de minutos.
Cuando amaneció, Armero ya no existía. Solo quedaba un desierto de lodo gris donde antes hubo una ciudad. Murieron entre 23.000 y 25.000 personas. Fue la segunda tragedia volcánica más mortífera del siglo XX.
Y lo más terrible... es que se pudo evitar. Los geólogos habían advertido el peligro casi un año antes.
Una geóloga del Servicio Geológico Colombiano lo resumió así: entre las causas estuvo «el olvido de la memoria histórica». Y la erupción de 1985 fue geológicamente menor. Lo que mató fue la falta de acción.
Después, el país creó un sistema nacional para prevenir desastres. Para Armero ya era tarde.
Hoy, donde estuvo la ciudad, hay un campo santo. Cruces blancas marcan el lugar donde miles de colombianos duermen bajo el lodo.
Haiku
León dormido
el aviso fue el trueno
y nadie escuchó

Lo que enseña el barro
Tasajeras, San Lorenzo, Armero. Tres nombres para un mismo pedazo de tierra.
Cada vez la gente volvió porque el valle era fértil y porque el recuerdo es corto. El volcán sigue ahí, con su corona de nieve, y los ríos siguen bajando.
Escribir esto no es llorar de nuevo a los muertos. Es hacer lo que no se hizo: contar. Quien conoce la historia de su suelo ya está un poco más a salvo.
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