LOS 33 EN NEMOCÓN Trilogía de memoria, cine y montañas — Parte II: Voces bajo tierra y destinos en la superficie

Cuando las cámaras se apagaron en la Mina de Sal de Nemocón esta recuperó su silencio. Pero ese silencio ya no era el mismo: había sido tocado por la historia de los mineros chilenos y por la memoria de los trabajadores colombianos. El equipo de Los 33 dejó atrás los túneles colombianos, la historia real siguió su curso lejos del cine. Detrás de cada personaje que vimos en pantalla había un hombre de carne y hueso, marcado para siempre por 69 días de encierro en la mina San José, en el desierto de Atacama. La película terminó; la vida de ellos, no.
La crónica que Nemocón guarda en sus paredes de sal se entrelaza con otra crónica, más dura y menos luminosa: la de los verdaderos mineros chilenos, que tuvieron que aprender a vivir con la fama, el trauma, las promesas incumplidas y la lenta justicia.
El encierro que no terminó con el rescate
El 5 de agosto de 2010, el derrumbe en la mina San José dejó a 33 trabajadores atrapados a unos 700–800 metros de profundidad. Durante 17 días, nadie supo si estaban vivos. Cuando la sonda finalmente llegó al refugio y regresó con el mensaje escrito “Estamos bien en el refugio los 33”, el mundo entero se volcó sobre esa frase como si fuera un milagro.
La cápsula Fénix 2 los sacó uno por uno entre el 12 y el 13 de octubre de 2010. Florencio Ávalos fue el primero en ver el cielo; Luis Urzúa, el jefe de turno que organizó al grupo, fue el último en abandonar la profundidad. El rescate fue televisado, celebrado, convertido en símbolo de esperanza. Pero cuando las cámaras se retiraron, muchos de ellos descubrieron que el verdadero laberinto estaba afuera: enfermedades, juicios, trabajos precarios, fama efímera y una memoria que no se deja apagar.



Mario Sepúlveda: del optimismo al recuerdo crudo
Mario Sepúlveda, el mismo que Antonio Banderas interpreta en la película, se convirtió en uno de los rostros más visibles del rescate. Su energía, sus bromas y su liderazgo lo hicieron aparecer como el “animador” del grupo. Años después, sin embargo, sus testimonios revelan una cara mucho más cruda de lo que vivieron bajo tierra.
En entrevistas posteriores, Sepúlveda ha contado que, en la intimidad del refugio, la idea del canibalismo llegó a rozar sus pensamientos: no como un deseo, sino como una posibilidad extrema de supervivencia si el rescate no llegaba. “Si no nos encontraban al día 17, dos días después venían consecuencias gravísimas”, ha dicho, explicando que la mente, en ese nivel de hambre y desesperación, empieza a considerar lo impensable.
Su relato rompe la imagen simplificada del héroe optimista y nos devuelve al hombre que, como todos, tuvo miedo de morir, de perder la cordura, de ver cómo la ley de la supervivencia podía borrar cualquier frontera moral. Es la parte de la historia que el cine apenas insinúa, pero que Nemocón, con su silencio subterráneo, parece comprender muy bien.
Justicia lenta, cuerpos cansados
El derrumbe de la mina San José no fue solo una tragedia; fue también la evidencia de un sistema de trabajo minero con graves fallas de seguridad y fiscalización. Años después, la justicia chilena reconoció que el Estado había incumplido su deber de supervisar adecuadamente el yacimiento. En 2023, la Corte Suprema ordenó indemnizar a 31 de los 33 mineros con alrededor de 40 millones de pesos chilenos para cada uno, como reparación por la falta de servicio en la fiscalización.
Pero el dinero no borra la silicosis, la fibrosis pulmonar, las noches de insomnio ni la ansiedad que muchos arrastran desde entonces. En 2024 falleció Mario Gómez, uno de los mineros, afectado por enfermedades pulmonares asociadas a años de trabajo bajo tierra.
El diario posterior al rescate está hecho de consultas médicas, terapias psicológicas, trabajos ocasionales, conferencias, recuerdos que se cuentan en voz alta y otros que se guardan en silencio. Algunos encontraron en la exposición pública una forma de sostenerse económicamente; otros se retiraron de los focos, cansados de ser “los 33” antes que personas con nombre propio.
Entre la épica y la vida cotidiana
Mientras la película construye una narrativa de tensión y alivio, la vida de los mineros se mueve en un registro menos épico: discusiones familiares, deudas, cambios de oficio, intentos de volver a la normalidad. El “final feliz” del rescate no se tradujo en una transformación radical de sus condiciones de vida. Muchos siguen viviendo en contextos de vulnerabilidad, con trabajos inestables o jubilaciones modestas.
Sin embargo, hay algo que sí cambió para siempre: la conciencia de que su historia pertenece al mundo. Cada vez que alguien entra a la Mina de Sal de Nemocón y recuerda que allí se filmó Los 33, se abre una puerta simbólica hacia la mina San José y hacia esos hombres que, en la oscuridad, escribieron una frase que se volvió universal: “Estamos bien en el refugio los 33”.
Nemocón, con sus túneles de sal, se convierte así en un espejo lejano de Atacama: un lugar donde la memoria de los mineros chilenos se mezcla con la historia minera colombiana, y donde el cine sirve de puente entre dos montañas y dos pueblos.
Continúa ahora la Parte III.
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