LA TIERRA NOS LLAMO POR NUESTRO NOMBRE

Ayer, la ciudad era un tejido de risas. Las pantallas brillaban como luciérnagas en la noche, conectando manos que no se tocaban y abrazos que viajaban por cables invisibles. Había una algarabía suave, una sensación de que el mundo, por un instante, se sostenía en la alegría compartida.

Nadie vio venir la nube.

No era una nube cualquiera. Era densa, oscura, como si cargara siglos de silencios y advertencias. Se acercó al umbral de la ciudad con la lentitud de lo inevitable. Y cuando tocó el borde de las primeras calles, algo se quebró. El aire se volvió pesado, las voces se apagaron, las miradas se llenaron de un desconcierto que no cabía en palabras.

Lo inesperado siempre llega así: sin permiso, sin aviso, sin compasión. Desenfoca. Enmudece. Abre abismos que no se pueden describir, solo sentir.

La gente preguntaba sin saber a quién: ¿Qué está pasando? ¿En qué vibración estamos viviendo? ¿Nos olvidamos de nosotros mismos? ¿Será este el momento de vernos realmente?

Las calles se llenaron de una pregunta más profunda que el miedo: ¿Qué somos? ¿Un cuerpo que respira? ¿Un nombre que se pronuncia? ¿Una historia que se cuenta? ¿O acaso somos esa energía que anida en el corazón, esa chispa que parece frágil pero que nunca se extingue?

La nube avanzaba, llevándose cosas, alegrías, vidas. Pero en medio del caos, algo se reveló: la certeza de que lo esencial no muere. Que lo que vibra en lo más íntimo del ser no se apaga con ninguna tormenta.

Yo lo sentí. Lo percibí como quien escucha una voz antigua dentro del pecho. No había miedo. No había angustia. No había temor.

Solo una claridad: seguiré transitando este planeta, este tiempo, este cuerpo débil que habito, hasta que algo, o alguien, me invite a soltarlo. Porque este avatar es temporal, pero lo que soy no lo es.

La nube puede cubrir ciudades, puede borrar paisajes, puede llevarse lo que creíamos seguro. Pero no puede tocar lo que somos en esencia: una presencia que atraviesa eras, un pulso que no pertenece solo a este mundo, una luz que no sabe apagarse.

Y mientras camino entre los restos de lo que fue ayer, entiendo que este paso por el planeta es breve, intenso, hermoso y feroz. Que el fin, si llega, no es un final, sino un cambio de escenario.

Somos inmortales en lo único que importa: en la energía que nos sostiene, en la memoria que dejamos, en la vibración que emitimos, en la huella que no se borra, aunque la nube pase.

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