La Esperanza: Poema para un remitente anónimo

Tienda de barrio, da nombre a este poema. Cada dulce guarda una historia, cada canasto una voz del pueblo.
Tienda de barrio, da nombre a este poema. Cada dulce guarda una historia, cada canasto una voz del pueblo.

El aire se llena de un aroma a papel nuevo y complicidad guardada en los bolsillos,
un rastro de chocolate que viaja en secreto por los pasillos de siempre.
En las esquinas de los pueblos las canastas se desbordan de promesas dulces,
mientras en las oficinas de cristal el silencio se quiebra con risas contenidas,
sobres sin remitente que cargan el peso de un afecto que por fin encuentra su licencia.

No hacen falta los grandes escenarios ni los lazos perfectos de fábrica;
basta el trazo torpe de unas manos que envuelven la memoria,
el eco de una voz que se demora en el teléfono, desafiando al reloj,
para que este afecto, tantas veces contenido por el pudor de los días grises,
brote como el agua limpia entre las grietas de la rutina.

Qué extraño y hermoso milagro este:
que una herida antigua, nacida en un martirio de tierras lejanas,
haya venido a encallar aquí, entre estas montañas de niebla y asfalto,
para transformarse en un gesto tan simple, tan descalzo, tan nuestro.

Una tregua sagrada, una excusa perfecta y legítima
para detener el ruido del mundo, mirar a los ojos del otro
y decirle, sin rodeos ni adornos, que su presencia importa.
Porque el amor y los amigos no habitan las casillas rígidas de un almanaque;
solo nos piden, de vez en cuando, un día cualquiera señalado con tiza
que nos empuje las palabras hacia afuera y nos obligue a nombrarlos en voz alta.

¿Te gustó esta entrada? Apóyame con un café ☕

← Todas las entradas