La Escritora del Velo

En la noche, el mundo se abre. No para mostrar, sino para retirar. Como si la realidad, cansada de sostener su propio peso, se hiciera a un lado para dejar pasar lo verdadero.
La escritora, Lucía, la que camina con cuadernos en los bolsillos y silencios en la mirada, avanzaba por el sendero de tierra que bordeaba la montaña. No buscaba nada, pero lo veía todo. Tenía ese don extraño: percibir lo que aún no había ocurrido, lo que apenas estaba intentando nacer.
El viento movía las nubes como si fueran telones, y en ese gesto la saeta atravesó el velo. No era una flecha de metal, sino una línea de luz, una intención pura que surgía desde algún punto del universo. Lucía la vio antes que nadie. La luz extrajo algo del aire, una vibración, una forma que no era forma, y por un instante el mundo pareció recordar su origen.
Ella se detuvo. Sabía que no somos cuerpo: somos energía prestada. Sabía que no somos tiempo: somos pensamiento suspendido. Y en ese instante, cuando la sombra la pensó a ella, sintió la presencia de algo más grande que cualquier palabra.
No estaba sola. Nadie lo está, aunque la mayoría no lo note.
Lucía abrió su cuaderno. No para escribir, sino para escuchar. Las páginas vibraron con una claridad que no pertenecía a este mundo. Allí, entre líneas invisibles, se reveló la chispa: la certeza de que cada ser es una creación perfecta, una luz que se disfraza de carne para poder caminar.
Ella siguió avanzando, desplazándose con esa atención que otros aún no poseen. Veía los hilos que conectaban las cosas. Veía las historias que dormían dentro de las piedras. Veía el futuro escondido en los gestos de la gente que pasaba sin mirarla.
Y mientras la noche se abría como un libro antiguo, Lucía comprendió que su tarea no era escribir relatos: era despertar mundos.
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