En algún rincón de la sabana, la luna se inclina a beber su reflejo, y una casita de madera —pequeña, quieta— respira como si guardara un corazón cansado.No tiene lámparas, pero brilla con una luz antigua, una que parece recordar nombres que ya nadie pronuncia.La noche la abraza con dedos largos, y el agua le ofrece un espejo tembloroso donde vuelven, apenas, los rostros que alguna vez la habitaron.La luna deja caer un hilo de plata sobre el techo, y la casita, tímida, se inclina hacia el agua como quien busca escuchar una voz perdida.Las sombras se deslizan entre las ramas, memorias que se niegan a morir. Allí permanece: mitad refugio, mitad fantasma, con el alma hecha de madera húmeda y el peso de historias nunca contadas.Quien se acerque sentirá que ella también lo mira, como si guardara secretos que solo la oscuridad se atreve a decir cuando el viento decide hablar.