LA ALDEA QUE SE VISTIÓ DE HIEDRA: Isla abandonada en China
Crónica de Houtouwan, donde el pescador dejó su oficio y su casa

Hay casas que se caen. Y hay casas que se quedan quietas mientras algo verde las abraza.
Houtouwan está en la isla de Shengshan, una de las 394 islas de Shengsi, en el archipiélago de Zhoushan, en la boca del río Yangtzé. Queda a unos 64 kilómetros al este de Shanghái. Es decir, allí donde el río más largo de China deja de ser río y empieza a ser mar.
Sus primeros habitantes llegaron hacia los años cincuenta, cuando la pesca china estaba en auge. Levantaron casas de piedra ladera abajo, frente a una bahía pequeña. Llegó a haber más de 500 casas y más de 2.000 personas, casi todas pescadores y sus familias. Imagino las escaleras de piedra llenas de redes tendidas, el olor a sal en la ropa, los niños bajando al muelle antes de la escuela.

Nadie cerró la aldea con una orden ni la borró una catástrofe. Simplemente la gente empezó a irse. La falta de carreteras adecuadas, escuelas accesibles y el puerto poco profundo para barcos modernos provocaron la marcha paulatina de sus habitantes hacia el continente. En los años noventa la bahía se fue quedando pequeña para las necesidades de la industria pesquera, y los habitantes emigraron al continente en busca de otro empleo y una vida mejor. Según los reportes de la época, hacia 1994 el pueblo estaba casi vacío.
Y entonces llegó la hiedra.
Es la Parthenocissus tricuspidata, la llamada hiedra de Boston o enredadera japonesa. Crece hasta un metro por año en el clima subtropical de Shengshan, con mucha humedad y lluvias frecuentes. Sin nadie que la podara, trepó por paredes, tejados y ventanas, hasta que las plantas cubrieron casas, escuelas y caminos, y el lugar se volvió un laberinto verde.
Hay una lección quieta en eso. Cuando los humanos se van, la casa no muere: cambia de habitante.

Sube la hiedra
por la casa sin dueño…
el mar la escucha.
La aldea se hizo famosa por accidente. Las fotos se volvieron virales en 2015, y las autoridades de la isla tuvieron que buscar cómo controlar la cantidad de visitantes.

Hoy se llega en barco hasta Shengshan y de ahí en taxi cuesta arriba, hasta un cementerio desde donde se ve el pueblo. Un pueblo que se vació por falta de futuro se llena ahora de cámaras. La ironía le quedó tan bien a la hiedra como a nosotros.

Y el río, ¿qué?
El río Yangtzé también supo de despedidas, pero por otra vía.
El 1 de enero de 2021, China inició una veda de pesca de diez años en la cuenca del Yangtzé. La medida alcanzó al cauce principal, a sus siete afluentes y a los lagos Dongting y Poyang. Para cumplirla, hubo que retirar 111.000 barcos de pesca y reubicar a 231.000 pescadores que habían dependido del río toda la vida. Los estudios reportan que se ha empezado a recuperar: la biomasa de peces se ha duplicado, un hito inédito tras setenta años de declive de los recursos pesqueros del río.
Aquí conviene ser justa con los hechos: lo de Houtouwan y lo de la veda no tienen la misma causa. Una aldea se vació hace tres décadas por la vida que pedía otra economía. Los pescadores del río salieron después, por una decisión para salvar las aguas. Pero ambas historias hablan de lo mismo: el oficio de pescar, tan antiguo, ya no cabe en el mundo como lo conocimos. Los estudiosos también lo dicen: el daño colateral para las comunidades pesqueras ha sido inmenso.

Me quedo pensando en quienes bajaban esas escaleras de piedra. Algunos vivirán ahora en un edificio del continente, con agua caliente y escuela cerca. Otros quizá miran fotos de su casa cubierta de verde y no la reconocen, o la reconocen demasiado.
Río sin redes
vuelve lo plateado
desde la orilla.

Casa en el verde,
guarda el nombre de todos
el mar regresa.
Tal vez esa sea la poesía de esta historia: lo que dejamos no desaparece, se convierte en otra cosa. Una casa se vuelve bosque. Un río vacío vuelve a ser río. Y nosotros, que tanto nos aferramos, aprendemos a irnos sin dejar de pertenecer.

Río sin barcas:
el agua se sabe sola
y aun así canta.
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