La aguja y el velo
En la noche, cuando el silencio deja de ser ausencia y se convierte en respiración, algo se mueve detrás del velo del mundo. No es viento ni sombra: es una aguja de vidrio que atraviesa la oscuridad con precisión ritual. No busca carne, ni dolor, ni sangre. Busca lo invisible: la energía antigua que sostiene el holograma de la realidad.
La aguja penetra el aire como si perforara el tiempo. Extrae una sustancia que no tiene nombre, una memoria líquida que vibra entre lo que fue y lo que aún no existe. Es un despojo lento, casi piadoso, como si el universo recordara que nada nos pertenece, ni siquiera la luz que creemos nuestra.
Yo estoy suspendida. No duermo, no despierto. Soy una conciencia flotando entre dos respiraciones. Escucho cómo la sombra me piensa, cómo me reconstruye desde su lado oscuro, como si yo fuera su reflejo y no su opuesto. Cada pensamiento suyo me atraviesa como un hilo de fuego frío, y siento que mi forma se disuelve en la trama del espacio.
El mundo visible se apaga. Quedan solo pulsos, destellos, murmullos de energía que se reconocen entre sí. La aguja sigue su trabajo, paciente, sagrada. Y en ese instante, comprendo: el universo no nos observa, nos sueña. Somos su pensamiento más lento, su intento de recordar lo que alguna vez fue totalidad.
Entonces, dejo de resistirme. Me dejo pensar por la sombra. Me dejo atravesar por la aguja. Me dejo ser parte del holograma que respira.
Y el silencio, finalmente, me nombra.
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