El Rastro
El joven camina buscando un rastro de verdad entre tanta mentira urbana. No sabe cuándo comenzó la búsqueda; quizá fue el día en que la ciudad dejó de parecerle un lugar y empezó a sentirse como un organismo que lo vigilaba. Las calles, largas y húmedas, parecían respirar bajo sus pies. Las ventanas, con sus vidrios rotos, lo seguían como ojos cansados que ya habían visto demasiadas noches.

A medida que avanzaba, la niebla se espesaba, envolviendo los edificios viejos como sudarios. Las gárgolas mutiladas observaban desde lo alto, inclinando sus cabezas de piedra, como si reconocieran en él a otro condenado. El viento, afilado y antiguo, le susurraba fragmentos de historias que nadie quería recordar.
La mentira urbana estaba en todas partes: en los avisos luminosos que prometían vidas imposibles, en las voces que repetían consignas vacías, en los rostros que fingían no ver la sombra que se arrastraba detrás de cada esquina. Pero él buscaba algo más profundo, algo que la ciudad había enterrado bajo capas de ruido, cemento y olvido.
Al llegar a la plaza abandonada, lo sintió. Un pulso. Un latido que no pertenecía a ningún ser humano. La verdad estaba allí, oculta en el corazón de la arquitectura, esperando a quien tuviera el valor de escucharla. El joven se detuvo, y por primera vez comprendió que la ciudad no mentía por maldad: mentía para proteger lo que quedaba vivo en su interior.
Y mientras la noche cerraba sus dedos alrededor de los tejados, él dio un paso más. Porque la verdad —la verdadera verdad— siempre exige entrar en la oscuridad.
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