El hombre que conquistó la luna: Diego Fallon

Crónica: Diego Fallon, maestro, músico y poeta

Por OlgaLú

Diego Fallon, maestro, músico y poeta
Diego Fallon, maestro, músico y poeta

I. La urna de oro

En Santa Ana, Tolima —un caserío que entonces era apenas un puñado de casas entre montañas húmedas— nació Diego Fallon el 10 de marzo de 1834. El pueblo vivía del rumor de las vetas de plata y del paso de los arrieros; era un lugar donde la luz se filtraba entre los guaduales y los niños crecían con los pies curtidos por el polvo y el agua de los ríos.

Su padre, Tomás Fallon, había llegado desde Irlanda siguiendo la promesa de las minas. Era un ingeniero de carácter firme, de esos hombres que miran las montañas como si fueran máquinas esperando ser descifradas. Su madre, Marcela Carrión y Armero, llevaba en la sangre la memoria de los patriotas fusilados en 1816, una herida que la familia no mencionaba en voz alta pero que marcaba su manera de estar en el mundo.

Diego creció entre ese doble legado: la precisión del extranjero y la melancolía de la tierra. Aprendió a nadar en el río Gualí, a distinguir el olor de la lluvia antes de que cayera, a escuchar el silencio de las noches sin lámparas. Cuando la familia se trasladó a Zipaquirá, el niño que venía del campo descubrió la geometría de la salina, los corredores húmedos, los obreros que parecían fantasmas bajo la luz de las velas. Allí aprendió sus primeras letras.

Los jesuitas le enseñaron latín y disciplina. Pero en 1850, cuando la Compañía fue expulsada del país, su vida dio un giro brusco: su padre decidió enviarlo a Inglaterra. Diego tenía apenas dieciséis años y una guitarra que ya sabía decir más de cien melodías.

II. El mar y la sombra

El viaje fue su primera gran ruptura. Inglaterra lo recibió con un frío que parecía venir del fondo del tiempo. En Stonyhurst y luego en Newcastle, estudió ingeniería entre chimeneas que escupían fuego y fábricas que iluminaban la noche como si fueran volcanes domesticados. Aquella tierra industrial, tan distinta de los montes colombianos, le enseñó que el mundo podía ser una máquina inmensa.

Pero mientras aprendía cálculo y mecánica, su alma se inclinaba hacia la música. Tocaba guitarra con una destreza que sorprendía a sus maestros, y componía piezas que enviaba sin firma al Conservatorio de Milán. Los italianos, sin saber quién era, dijeron que aquel autor desconocido tenía “genio de principiante”.

La tragedia llegó en 1858, cuando decidió volver a Colombia acompañado de su hermana Cornelia. Ella enfermó en la travesía. Diego, impotente ante la fiebre, tuvo que verla morir en un puerto extranjero. La enterró allí, en una tierra que no conocía, y siguió solo hacia Muzo, cargando una pena que nunca mencionó en público pero que se adivina en la delicadeza de sus versos.

III. La tertulia y la luna

Bogotá era entonces una ciudad de calles empedradas, faroles de aceite y tertulias donde se mezclaban poetas, abogados y curiosos. En El Mosaico, la famosa reunión literaria, Fallon se convirtió en un personaje querido: imitaba acentos, contaba historias, hacía reír a carcajadas a José María Samper y a los demás asistentes. Allí, entre chocolate espeso y discusiones sobre política, se reveló como poeta.

Su obra mayor, La Luna, no nació de un impulso sino de una obsesión. Siete años pasó limando versos, corrigiendo, tachando, volviendo a empezar. De treinta y una estrofas eliminó una por consejo de su mentor. Quedaron treinta, perfectas como un círculo nocturno. El poema abre así:

Ya del Oriente en el confín profundo
La Luna aparta el nebuloso velo…

Poema La Luna , no nació de un impulso sino de una obsesión.
Poema La Luna, no nació de un impulso sino de una obsesión.

La luna, para Fallon, no era solo un astro: era una presencia íntima, una interlocutora silenciosa. Quizá por eso, cuando entre 1863 y 1864 murieron su padre y luego su madre, el poeta se aferró a su trabajo con más fuerza. Podía haber regresado a Inglaterra, donde tenía parientes influyentes. Decidió quedarse en Colombia, un país que entonces ofrecía poco a un ingeniero y menos aún a un poeta.

IV. Nemocón

En 1866, Diego Fallón llegó a Nemocón, el pueblo de sal y viento frío. Allí se casó con Amalia Luque el 6 de octubre, en una ceremonia sencilla pero luminosa. Monseñor Carlos Bermúdez ofició la misa; Julián Mendoza y Elvira Ricaurte firmaron como testigos.

Nemocón, con sus montes suaves y su aire mineral, quedó grabado en su memoria. Años después escribió A la fuente de Nemocón, un poema que no solo evoca el paisaje sino la serenidad de aquel momento en que, por fin, parecía haber encontrado un hogar.

V. La tabla en la puerta

En 1867, de regreso en Bogotá, colgó una tabla sobre la puerta de una casa en la antigua calle San Felipe:
“Diego Fallon, profesor de música e idiomas”.
Nunca la quitó.

Fallon dominaba cinco lenguas: español, latín, inglés, italiano y francés. Enseñó en San Bartolomé, en el Rosario, en el Colegio Militar, en la Escuela de Bellas Artes y en innumerables casas particulares. Sus alumnos se contaron por miles. Era un maestro paciente, meticuloso, capaz de explicar una escala musical con la misma claridad con que explicaba una conjugación latina.

La ingeniería, en un país sin industria, no tenía demanda. La docencia sí. Para facilitar el aprendizaje, inventó un sistema musical que reemplazaba el pentagrama por letras: doce consonantes para las doce notas. Lo publicó en 1885 como El Arte de Leer, Escribir y Dictar Música. También transcribió óperas para clarinete, violín, bandola y piano, como si quisiera que la música europea pudiera sonar en cualquier sala bogotana.

Escribió pocos poemas —menos de una docena— porque la poesía le llegaba en los ratos libres del maestro. Cada verso era trabajado hasta que le parecía “menos indigno”. Juan Valera, desde España, escribió que no elogiarlo sería una injusticia.

VI. La noche del eclipse

Murió el 13 de agosto de 1905, en Bogotá, en una pobreza decorosa que nunca le quitó la dignidad. A su entierro asistieron aristócratas y también la gente humilde de los suburbios, a quienes él solía llevar pan y abrigo sin que nadie lo supiera.

Esa noche hubo un eclipse de luna. Los cronistas dijeron que el cielo se oscureció como si el astro que él había cantado quisiera acompañarlo en su despedida. La ciudad, silenciosa, pareció entender el símbolo.

VII. Los nombres que quedaron

En 1930, su pueblo natal decidió honrarlo cambiando su nombre: Santa Ana pasó a llamarse Falan, como los bogotanos pronunciaban “Fallon” a la inglesa.

En Ibagué, una institución educativa lleva su nombre. La antigua Escuela Diego Fallón, construida en los años cuarenta, fue considerada un símbolo de modernidad: su arquitectura era tan novedosa que una productora la incluyó en los videos de la primera Feria Pecuaria. Ese edificio ya no existe; fue demolido para levantar otro. Quienes recuerdan la historia se preguntan si la ciudad cuida su patrimonio como debería.

Estampillas Colombianas. Colombia - Diego Fallon, Writer, 1834-1984
Estampillas Colombianas. Colombia - Diego Fallon, Writer, 1834-1984

Hoy, el nombre de Diego Fallon aparece en escuelas, en calles, en estantes de bibliotecas. Pero su legado más profundo sigue siendo la luna: esa luna que cada noche sube por el oriente sin saber que un hombre, un maestro silencioso, le dedicó siete años de su vida.

Haikus

Niño de río y monte,
nadó en las aguas del Gualí.
Descalzo aprendió el mundo.

Cruzó el mar con dos,
y volvió con una sombra.
La luna lo vio.

Siete años de lima
para treinta versos puros.
La luna agradece.

Eclipse en su entierro.
La luna vistió de negro
a quien la nombró.

Diego Fallón:
pueblo con su nombre ahora.
La luna lo sabe.

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