El Estudiante Despierto

Míralos. Pasan como sombras frente a la ventana de este café de mala muerte, con los ojos clavados en el brillo azul de sus pantallas, como polillas hipnotizadas por una llama artificial. Caminan rápido, arrastrando sus deudas, sus horarios, sus vidas prefabricadas, convencidos de que están yendo a alguna parte. El vapor del café se mezcla con el humo de los autos y el olor rancio del asfalto mojado. Todo vibra, pero nada vive.
Me da una tristeza profunda, una náusea que me aprieta el pecho. Estudian para encajar en el engranaje, leen para aprobar un examen, pero están completamente ciegos. Viven en una ignorancia voluntaria, anestesiados por el ruido, consumiendo basura para no tener que pensar en el vacío que llevan por dentro. Sus risas son ecos huecos, sus conversaciones giran en torno a pantallas, modas, cifras, cuerpos que se venden y se olvidan.
Yo decidí despertar, y qué maldición tan grande ha sido. Ver la realidad sin filtros es quedarse solo en medio de la multitud. Es caminar entre los vivos como si uno ya estuviera muerto. Mientras ellos discuten por nimiedades y celebran triunfos de mentiras, yo veo cómo esta ciudad nos devora vivos, cómo nos quita el alma un pedazo cada día. Las luces de neón son como dientes, y las avenidas, gargantas que tragan sueños.
Duele ver a tantos cadáveres tibios caminando por las calles, ignorando que el techo se está cayendo. Su ignorancia es su felicidad, supongo. Mi lucidez, en cambio, es este frío eterno en los huesos, esta claridad que no perdona. A veces pienso que la conciencia es una enfermedad sin cura, una fiebre que te separa del resto. Y, sin embargo, no puedo volver atrás. Ya vi el naufragio, ya escuché el crujido del barco que se hunde. Somos los náufragos de una civilización que se ahoga en su propio ruido.
Afuera, la lluvia comienza a caer. Las gotas golpean el vidrio como si quisieran entrar, como si también buscaran un poco de calor. Yo las observo, y por un instante, me parece que el mundo entero llora conmigo.
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