EL ALMUERZO QUE NO DEJÓ DE LLEGAR: la obra que se volvió hogar

Crónica sobre la Fundación Mis Abuelitos Cajicá.co, y una familia que decidió no cerrar las puertas cuando todo lo demás ocluía

Por OlgaLú

En la vereda Rincón Santo, la vida vuelve a tener horario de almuerzo.
En la vereda Rincón Santo, la vida vuelve a tener horario de almuerzo.

Cuando el silencio ocupó las calles

Marzo de 2020. Colombia entera aprendió, de un día para otro, a medir el tiempo en cuarentenas. En Cajicá, las calles quedaron suspendidas en un silencio que no era natural: sin ventas ambulantes, sin filas en las tiendas, sin los abuelos que buscaban el sol tibio de la plaza. El aire, acostumbrado al pregón de los vendedores, empezó a oler a encierro y a incertidumbre.

En ese nuevo paisaje, Nidia de Cantillo, vendedora informal, vio cómo se desvanecían los recursos con los que sostenía a su familia. Pasó veintidós días en cama, con miedo de ir al hospital, aferrada a una gratitud que repetía como quien se aferra a una tabla en medio del río: “Estoy muy agradecida… el señor Andrés y su comitiva nos colaboraron con el almuerzo en toda la pandemia. No nos faltó el almuerzo.”

Para muchos, el encierro fue incomodidad. Para ella —y para tantos del rebusque diario— fue hambre.

La cocina que no cerró

Andrés Herrera, el ingeniero que encontró en la cocina una forma de resistencia y amor. Director de la fundación: Mis Abuelitos Cajicá.co
Andrés Herrera, el ingeniero que encontró en la cocina una forma de resistencia y amor. Director de la fundación: Mis Abuelitos Cajicá.co

Andrés Eduardo Herrera Sarmiento es ingeniero civil de profesión y chef por amor, nacido en Chía de padre cajiqueño. Junto a su esposa, Alexandra Rincón, tenía un restaurante de sabor familiar en el barrio La Estación: el Rincón Casero. Cuando las ventas cayeron a la mitad, no despidieron ollas ni fogones: los pusieron a trabajar distinto.

Empezaron a cocinar las mismas porciones de siempre, pero ahora la mitad no se vendía: se regalaba.

La idea nació pensada para durar cuatro días —lo que se suponía iba a durar el primer simulacro de aislamiento—. Quince almuerzos el primer día. Setenta y cinco al siguiente. Y el número crecía como crecen las causas que encuentran eco.

Vecinos, una carnicería, dos droguerías, tres amigos que vivían fuera del país y hasta un agricultor que llegó con lechuga, zanahoria y remolacha recién arrancadas de la tierra, se fueron sumando. Dos concejales ayudaron con la logística, y el alcalde del municipio terminó aportando cuarenta almuerzos más.

Los primeros almuerzos gratuitos del Rincón Casero, 2020.
Los primeros almuerzos gratuitos del Rincón Casero, 2020.

La imagen que sostiene todas las demás

Hay una imagen que nunca quedó atrapada en ninguna cámara y, sin embargo, sostiene todas las demás: una tarde cualquiera en la cocina del Rincón Casero. Allí, el cansancio se hacía compañero de Alexandra, de Andrés, y de quien ese día llegara a ayudar —como si fuera un cuarto trabajador, silencioso y fiel.

Las ollas, que ya olían a comida desde antes del amanecer, respiraban lento sobre el fogón. Los mesones, desbordados de sobras, parecían contar la historia de un día que había pedido demasiado. Y las manos —esas manos que ya no podían más— se juntaban un instante, casi en gesto de oración, pidiendo apenas la fuerza para volver a amanecer y volver a cocinar.

Fueron tantos almuerzos, más de los que jamás imaginaron regalar. Cada uno entregado como una ofrenda al creador: dado a quien tenía hambre, a quien no tenía nada ni a nadie, a quien no tenía a dónde acudir. En esa cocina, sin fotos y sin testigos, se encendía la luz más honda de todas: la del amor que se entrega sin esperar retorno.

Cuando la solidaridad tuvo que pedir ayuda

A los cincuenta y cinco días de haber echado a andar aquella empresa de pura voluntad, Andrés se encontró frente a una realidad que nunca pensó tocar con sus manos: la necesidad de pedir. Le tembló un poco la voz cuando grabó el video, como si en cada palabra se le fuera un pedazo de orgullo, pero también se encendiera una chispa de esperanza.

El eco no tardó en volver.

Primero llegaron Nancy, Luna y Elena, mujeres de corazón amplio, que saben reconocer el esfuerzo ajeno como si fuera propio. Luego apareció el doctor Felipe Páez, funcionario de la alcaldía, que sin protocolo ni anuncio sacó de su bolsillo lo necesario para comprar los desechables faltantes.

Y así, de puerta en puerta, de alma en alma, la causa fue creciendo como crece la luz cuando encuentra ventanas abiertas.

Para diciembre, en la cocina de los Herrera Rincón ya se servían trescientas porciones diarias, como si cada plato fuera una declaración silenciosa de que la comunidad, cuando quiere, puede sostenerse a sí misma.

Pero la bondad, cuando se vuelve visible, también despierta sombras. En las redes sociales de la fundación aparecieron comentarios de gente que no conoce la empatía, que nunca ha sentido el peso dulce de ayudar al prójimo. Llegaron también los oportunistas, esos que ven en la generosidad ajena una plataforma para sus propios fines.

Nada de eso logró quebrar la fe de la familia. Los Herrera Rincón siguieron adelante, tercos en su empeño como quien sabe que la luz, aunque la soplen, vuelve a encenderse.

La red que lo sostiene

Nada de esto lo ha cargado una sola familia. Al rededor de Andrés y Alexandra se fue tejiendo, sin que nadie lo planeara, una red de manos que se reparten la tarea.

"Comenzamos primero con una lista muy pequeña, apenas comenzó la cuarentena, y de ahí en adelante todo creció", cuenta Andrés. "Ya que has visto algunos casos, uno ya se mete con ellos en ese cuento y ya no se puede salir, porque ellos necesitan un vocero, necesitan cosas. Estamos pasando por unos momentos muy difíciles, y ellos no pueden salir a trabajar, ellos no tienen recursos. Entonces lo que estamos haciendo es una vocería con la gente, para ayudarles." Dijo Andrés Herrera a un medio local.

La rutina no ha cambiado desde el primer día: "Nos levantamos a las 6 de la mañana, a montar ollas, como dicen en el restaurante, y ahí comienza el día prácticamente hasta las 6, 7 de la noche."

A esa labor diaria se fueron sumando, con el tiempo, ciudadanos, negocios y entidades del municipio: la Alcaldía de Cajicá, la Secretaría de Desarrollo Económico, y los concejales Andrés Toro y Alexander Valderrama, a quienes Andrés llama, sin rodeos, ángeles. También Interrápidísimo Cajicá, cuya dueña colabora una vez por semana; la carnicería La Gran Avenida, que aporta con disciplina cada siete días; y Daniel, que llega con lechugas frescas cada vez que hacen falta, como quien entiende que la solidaridad también se cultiva.

Reconocimientos a la invaluable labor de la familia Herrera Rincón.
Reconocimientos a la invaluable labor de la familia Herrera Rincón.

Y no fueron solo ellos. Medios de comunicación locales acudieron a conocer la historia y a dar testimonio ante la opinión pública de algo que nació del corazón de los Herrera Rincón: una familia que transformó un episodio de fracaso comercial en una obra sin
precedentes de ayuda a la comunidad más vulnerable.

Ingeniero civil de profesión Chef por amor al prójimo. Andrés Herrera.
Ingeniero civil de profesión Chef por amor al prójimo. Andrés Herrera.

De la olla al hogar

Repartiendo comida puerta a puerta, la familia empezó a ver lo que el aislamiento había vuelto invisible: adultos mayores que vivían solos, sin pensión, sin quien les llevara nada distinto al eco de sus propias paredes. Casos que dolían de solo mirarlos: abuelos ciegos que sobrevivían de la caridad de sus vecinos; un par de ancianos enfermos de cáncer cuyo único hijo era una persona con enfermedad mental; personas mayores abandonadas por sus propios hijos después de haberles repartido la herencia en vida.

Esos rostros, uno a uno, fueron los que empujaron a Andrés y Alexandra a dar un paso más allá del almuerzo diario. El 15 de noviembre de 2020 abrieron las puertas de un hogar: seis abuelitos al comienzo. Nació así, con nombre propio, la Fundación Mis Abuelitos Cajicá.co —un nombre que, como ellos dicen, es universal: la voz de tantos adultos mayores que sufren en silencio y no tienen quien los auxilie.

la Fundación Mis Abuelitos Cajicá.co —un nombre que, como ellos dicen, es universal.
la Fundación Mis Abuelitos Cajicá.co —un nombre que, como ellos dicen, es universal.

Las voces que se quedaron

"Muchos días sentimos que no dábamos más, que era imposible seguir", confesó Alexandra Rincón, en un encuentro reciente para revisar esta historia. Lo que los sostenía, dice, era saber que, si ellos no seguían, había abuelitos que al día siguiente no tendrían almuerzo. Esa certeza —más que cualquier otra cosa— fue la que los hizo continuar.

Un testimonio, cerca de la vereda, donde se encuentra el hogar, quien durante años ha sido compañera de un residente y que hoy resume así lo que este refugio significó para ella: "Cada día con Julio en casa era una pesadilla; no sabía si podría terminar el día en pie. Sentía la falta de fuerza y una razón para seguir aguantando a una persona tan agresiva, tan llena de un aparente odio contra mí, su cuidadora. La única que sabía que él estaba enfermo de demencia y que no era consciente de lo que hacía y decía. Hasta que un día encontré este lugar, lleno de comprensión para nosotros dos. A él lo acogieron como huésped, lo entendieron y lo tratan hasta hoy con la paciencia con la que se trata a alguien que no es consciente de sus propios golpes, insultos e incluso malos tratos para quien se acerque para ayudarlo. A mí me acogieron con agrado, dándome a entender que no estaba sola, que comprendían el calvario que he vivido. Encontrar a Mis Abuelitos Cajicá.co fue volver a tener esperanza. Y, sobre todo, ya no estamos solos —pues toda la familia nos había aislado, abandonado, por los inconscientes comportamientos de Julio en medio de su demencia."

Don Pedro Antonio Castro adulto mayor, cuida una humilde vivienda en Cajicá, la que le permitieron habitar, y desde ahí recibió la ayuda: "Pues por ahí los vecinitos, por ahí me colaboran a veces con mercaíto pa' cocinar, y ellos que me traen el almuercito, el señor Andrés, y yo les quedo muy agradecido, de resto no tengo apoyo de nadien más." Y agrega, con la sencillez de quien ya no espera nada más que lo justo: "Es que yo me ahogo al caminar."

Y vuelve la voz de Nidia de Cantillo, que resume la pandemia en una frase que todavía pesa: “Estuve en cama veintidós días… pero no me faltó el almuerzo.”

Vendedora informal de Cajicá, perdió durante la pandemia los recursos para sostener a su familia. Lo contó así en su momento: "Les diré que estoy muy agradecida, porque en realidad estoy en una situación muy grande, y el señor Andrés y toda su comitiva nos colaboraron con el almuerzo en toda la pandemia. Le estaré muy agradecida, Dios lo bendecirá. Estuve en cama veintidós días, no fui al hospital, me dio temor —pero no me faltó el almuerzo."

Luis Jaime González Pinilla, se suma a los adultos mayores que recibieron, cada día, su ración de alimento en Cajicá. Su agradecimiento no se dirige solo a Andrés, sino a toda su familia:

"Vuelvo y reitero mis agradecimientos por esta gran benevolencia recibida a través de don Andrés y de su familia, su señora esposa, sus hijos, y que mi Dios Santísimo siga derramando bendiciones de prosperidad y mucha salud para esta familia."

Una sonrisa como la de Luis Jaime, dice Andrés, es el pago más grande que reciben él y quienes se han unido a esta labor desde el Rincón Casero.

El que se fue sin hambre

Hubo también quien encontró en este hogar no una salida, sino un final en paz. Así lo recordaron en 2023: Carlitos partió de este mundo en diciembre de 2022, pero se fue en medio del consuelo de saber que no estaba solo, que a alguien le importaban sus chistes y sus historias, y —lo mejor— que ya nunca más llegaría la noche con hambre, ni con la incertidumbre de no saber qué haría al día siguiente para conseguir un plato de comida.

Carlitos” parte de este mundo el 12 de 2022. Pero se fue, en medio del consuelo de saber que no estaba solo, que a alguien le importaban sus chistes y sus historias.
Carlitos” parte de este mundo el 12 de 2022. Pero se fue, en medio del consuelo de saber que no estaba solo, que a alguien le importaban sus chistes y sus historias.

Su nombre, dicen en la fundación, en realidad no es lo importante. Porque como él, muchos otros abuelitos cuentan hoy con su alimento y un sitio para descansar, ser cuidados, y sentirse parte de un grupo de personas que comparten actividades y palabras de desahogo.

Gracias a este aviso lleno de amor verdadero por quien estaba sufriendo. Nace la fundación Mis Abuelitos Cajicá.co
Gracias a este aviso lleno de amor verdadero por quien estaba sufriendo. Nace la fundación Mis Abuelitos Cajicá.co

Un día en el hogar

Hoy la fundación sostiene a más de cincuenta personas mayores. La rutina combina el cuidado médico con la vida en comunidad: juegos en el patio junto a la pileta, manualidades compartidas en mesa, ejercicios de coordinación y memoria, celebraciones de cumpleaños con torta y globos, y hasta días de disfraces que sacan risas genuinas.

"Despertar y saber que uno tiene el almuerzo diario otorga una tranquilidad mental que no tengo manera de agradecer", dijo alguna vez uno de los residentes. "Su ayuda sirve para permanecer en casa tranquilo, sin afanes y sin angustias adicionales a lo que estamos viviendo."

No habla de comida. Habla de tranquilidad. De la certeza, tan escasa entre quienes envejecen solos, de que mañana también habrá alguien.

Ya no están solos, esa sonrisa cuenta todo
Ya no están solos, esa sonrisa cuenta todo

Cómo se sostiene la obra

Lo que empezó como una olla que se negó a apagarse, hoy también tiene que sostenerse con algo más que voluntad. Por eso, siendo ya una fundación legalmente constituida, la Secretaría de Salud de Cundinamarca les concedió la autorización para habilitar un número limitado de cupos con costo mensual dentro del hogar.

No es un cambio de rumbo: es lo que les permite seguir de pie. Los recursos que llegan por esos cupos ayudan a cubrir lo que las donaciones, por generosas que sean, no siempre alcanzan a cubrir —la enfermera de turno, los medicamentos, el mantenimiento de la casa— para que ningún abuelito, tenga o no con qué aportar, se quede sin comida ni cuidados especiales.

Así conviven, bajo el mismo techo, dos caminos que se sostienen mutuamente: el de quienes llegan por caridad, como llegó el primero de todos hace ya varios años, y el de quienes pueden aportar una mensualidad para que la obra continúe. Ambos caminos terminan en la misma mesa, a la misma hora de almuerzo.

la Secretaría de Salud de la Gobernación, dando el puntaje 99 sobre 100.
la Secretaría de Salud de la Gobernación, dando el puntaje 99 sobre 100.

Una noticia que llegó del cielo

El 23 de septiembre de 2026, Andrés no pudo esperar a contarlo. Con la voz quebrada entre la emoción y la costumbre de agradecer primero a quienes lo acompañan en este caminar consciente, grabó unas palabras para todos los que han seguido de cerca esta historia:

"Gracias a nuestros angelitos que están en el cielo, hoy nos evaluó nuevamente la Secretaría de Salud de la Gobernación, dándonos el puntaje 99 sobre 100. Para mí es una felicidad muy grande poder decirles esto. Somos el mejor y seguiremos siendo los mejores de Cogua y sus alrededores. La gobernación nos aplaudió muchísimo; tenemos un reconocimiento en estos días, creo que en noviembre. Gracias a ustedes también por su apoyo, porque son las personas que nos colaboran, pendientes de nosotros, de lo que requiramos. La verdad, mil y mil gracias."

Noventa y nueve sobre cien. La cifra, fría en cualquier otro contexto, aquí se lee distinto: es la confirmación oficial de algo que quienes han pasado por este hogar —los abuelos, sus familias, y los que conocen este trasegar ya sabían de memoria. Que el cuidado, cuando es real, también se nota en los papeles.

Andrés sigue nombrando primero a los ángeles que le ayudan —esos "angelitos en el cielo" que menciona casi como parte del equipo— antes que a sí mismo. Como si el reconocimiento no fuera solo de hoy, sino de todos los almuerzos repartidos desde 2020 hasta esta tarde.

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