EL ALMUERZO QUE NO DEJÓ DE LLEGAR

Crónica sobre la Fundación Mis Abuelitos Cajicá.co y una familia que decidió no cerrar las puertas cuando todo lo demás ocluía.

Por OlgaLú

Sede actual de Mis Abuelitos Cajica.co En la vereda Rincón Santo, Cogua, la vida vuelve a tener horario de almuerzo

Marzo de 2020. Colombia entera aprendió, de un día para otro, a medir el tiempo en cuarentenas. Las calles de Cajicá, como las de cualquier pueblo de sabana, se quedaron sin el ruido de siempre: sin ventas ambulantes, sin filas en las tiendas, sin los abuelos que salían a tomar el sol de la plaza. Para muchos, el encierro fue incomodidad. Para otros —los que vivían el día a día del rebusque— fue hambre.

Andrés Eduardo Herrera Sarmiento, director de la fundación.

Andrés Herrera y su esposa tenían un restaurante pequeño en el pueblo, el Rincón Casero. Cuando las ventas cayeron a la mitad, no despidieron ollas ni fogones: los pusieron a trabajar distinto. Empezaron a cocinar las mismas porciones de siempre, pero ahora la mitad no se vendía: se regalaba. "Nos dimos cuenta de que las ventas estaban bajando un 50 %. Entonces decidimos cocinar las mismas porciones y entregar esa parte a las personas de bajos recursos", contaría después Andrés.

Restaurante Rincón Casero en Cajicá, servicio a domicilio.

La idea nació pensada para durar cuatro días, lo que se suponía iba a durar el primer simulacro de aislamiento. Quince almuerzos el primer día. Setenta y cinco, pocos días después. Vecinos, una carnicería, dos droguerías, tres amigos que vivían fuera del país y hasta un agricultor de la zona que un día llegó con lechuga, zanahoria y remolacha cultivadas por él mismo, se fueron sumando a esta noble causa. Dos concejales del municipio ayudaron con la logística de entrega, y el alcalde terminó aportando cuarenta almuerzos más. Para diciembre de ese año, la cocina de los Herrera alcanzaba a preparar trescientas porciones diarias.

Andrés Herrera directamente, uno a uno, hasta las cuatro de la tarde repartía almuerzos gratis

De la olla al hogar

No fue un plan. Fue una consecuencia. Repartiendo comida puerta a puerta, la familia empezó a ver lo que el aislamiento había vuelto invisible: adultos mayores que vivían solos, sin pensión, sin quien les llevara nada distinto al eco de sus propias paredes. Habitantes de calle que antes de la pandemia se rebuscaban el sustento y de pronto no tenían dónde hacerlo. Niños. Familias completas.

marzo de 2020, en sus ojos la gratitud por calmar la incertidumbre. Almuerzo al fin.

Fue entonces cuando Andrés Eduardo Herrera Sarmiento, junto a su esposa Alexandra, decidió dar un paso más allá del almuerzo diario. El 15 de noviembre de 2020 abrieron las puertas de un hogar: seis abuelitos al comienzo. La fundación tomó nombre propio, Mis Abuelitos Cajicá.co, y lo que empezó como un refugio de emergencia se convirtió en una casa con vocación de quedarse. Al poco tiempo después ya eran diez los adultos mayores internos, llegando hoy día a 50 personas, varios de ellos sin familia, sin pensión ni ningún otro respaldo del Estado, mientras la fundación seguía apoyando con mercados y donativos a otras familias y a decenas de niños de distintos sectores del municipio.

Ahora tienen una familia Los Abuelitos Cajicá.co

Lo que el aislamiento no dejó ver a tiempo

La pandemia visibilizó algo que la gerontología ya venía advirtiendo desde antes: la soledad no deseada en la vejez no es una incomodidad pasajera, sino un problema de salud pública, un fenómeno distinto del simple aislamiento social. En Barranquilla, un estudio con mujeres mayores durante el confinamiento documentó cómo la restricción de movilidad terminó excluyéndolas de la vida social y afectando directamente su salud mental. Y en Bogotá, la evidencia recogida en centros de día confirmó lo que cualquiera que haya visitado a un abuelo solo ya intuye: la soledad no solo enferma el ánimo: también debilita el autocuidado y la disciplina para seguir un tratamiento médico.

Ese es el fondo real sobre el que se sostiene la historia de Mis Abuelitos Cajicá: no es solo un gesto bonito de pandemia, es una respuesta —modesta, artesanal, sin música de fondo— a una fractura que Colombia apenas empieza a nombrar con seriedad, en un país donde la población mayor crece hoy tres veces más rápido que hace tres décadas.

Amor, cuidado y compañía en Mis Abuelitos Cajicá.co

La voz de quienes se quedaron

Hay una frase que resume mejor que cualquier cifra lo que significa este hogar para quienes viven en él. La dijo uno de los abuelos, agradeciendo el almuerzo diario:

Y pudo ser el testimonio de muchos.

"Despertar y saber que uno tiene el almuerzo diario otorga una tranquilidad mental que no tengo manera de agradecer. Su ayuda sirve para permanecer en casa tranquilo, sin afanes y sin angustias adicionales a lo que estamos viviendo."

No habla de comida. Habla de tranquilidad. De la certeza, tan escasa entre quienes envejecen solos, de que mañana también habrá alguien.

Tranquilidad y compañía en Mis Abuelitos Cajica.co

Andrés lo resume con la sencillez de quien no busca protagonismo: "La economía está dura, va a estar dura y podría estar peor, pero depende de nosotros, y de que todos nos unamos para salir adelante. Sé que puede sonar muy fantasioso, pero es posible."

Llamado a la acción: Andrés y Alexandra defienden la total transparencia e invitan a la ciudadanía a hacer veeduría de las donaciones. Su mensaje es que todos pueden aportar: no solo cosas materiales y donación en dinero, un gesto, una sonrisa y una palabra amable también son regalos de gran valor.

Lo que queda cuando pasa la urgencia

Lo notable de esta historia no es que haya nacido en la pandemia —muchas iniciativas nacieron ahí y se apagaron con ella—. Lo notable es que siguió. Que una familia que podía haber cerrado su restaurante y esperado a que pasara la tormenta, decidió en cambio abrir una casa. Que hoy, años después de que Colombia dejara de contener el aliento, Mis Abuelitos Cajicá.co sigue sosteniendo a más de cincuenta personas mayores, la mayoría de ellas necesitadas de algo que ninguna cifra alcanza a nombrar del todo: sentirse reconocidas.

Porque, como bien lo entendieron Andrés y Alexandra sin haberlo leído en ningún estudio especializado sobre vejez y deterioro por la edad, no hace falta mucho para sostener a alguien: una libra de arroz, una hora de compañía, una visita que se queda a escuchar. A veces basta con que dos abuelos se sienten juntos, aunque no se digan nada, para que ambos dejen de estar solos.

¿Conoces una historia de solidaridad como esta en tu comunidad? Escríbeme, siempre hay espacio para una crónica más.

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