EL ECO DE QUIENES SE FUERON

Cuando la noche quede en su propio silencio,
como una puerta vieja que cruje despacio,
habrá una quietud amplia, casi viva,
respirando contra las paredes y los muros.
Como si quisiera escuchar el eco
de quienes se fueron sin adiós,
sin esperar su momento,
dejando el silencio como única explicación.
Las calles quedarán vacías,
pero no del todo:
las huellas de quienes pasaron
seguirán latentes,
como brasas apagadas en el suelo.
Quizás descubramos entonces
que la oscuridad no era enemiga,
sino un espejo eterno, secreto.
Que en ella se dibujan
los contornos ocultos
de lo que somos
cuando nadie nos mira.
Habrá rostros que recordaremos
solo por el gesto extraño, casi ajeno,
por la luz breve que negaron
al cruzar nuestra vida,
como pequeñas luces
que dudan antes de irse.
Y también veremos
a quienes ignoramos:
las manos que nunca saludamos,
las historias que no escuchamos,
los ojos que evitamos
por miedo a reconocerlos demasiado.
La noche, con su paciencia de siglos,
nos revelará que cada persona
es un territorio que se deshace al tocarlo,
una ciudad con luces incompletas,
un mapa que se nos queda a medias.
Y cuando el mundo vuelva a encenderse,
quizás caminemos distinto:
más despacio,
más atentos a la sombra y luz ajenas,
más conscientes de que cada gesto
puede ser un farol
o una tormenta.
No porque alguien nos juzgue,
sino porque aprendimos, al fin,
que la vida es una criatura frágil
que respira en nuestras manos
solo un instante.
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