Crónica del Viajero

La ciudad despertó con un gemido antiguo. El joven lo escuchó desde la esquina donde el viento, ese lobo ciego, buscaba una grieta para entrar. La niebla se arrastraba por los portones y él avanzó, sintiendo cómo el aire se volvía materia, casi piel. Cada paso era una respiración ajena, un pulso que no pertenecía al presente.

Los edificios temblaban. No por el frío, sino por las memorias. El joven rozó los muros y sintió el temblor de los siglos: cada ladrillo guardaba un espectro, cada cornisa una oración olvidada. En la fachada del antiguo seminario, el mármol crujía bajo un peso invisible. El tiempo se le reveló como un animal dormido, vigilante, enterrado en los altares.

Un eco insomne recorría las grietas. El joven lo siguió, como quien persigue un corazón que se niega a morir. La piedra lloraba un llanto congelado, y él lo escuchó, no con los oídos, sino con la piel. La luz eléctrica no alcanzaba a tocarlo; solo la penumbra lo reconocía.

Descendió. Bajo la ciudad, las almas de los siglos dormían. Los túneles se abrían como venas antiguas, húmedas, vivas. Las sombras se movían con lentitud, como si respiraran. No había carne, solo estructura fría; un esqueleto gris que sostenía la noche. El joven comprendió que la cordura era un lujo de la superficie.

En el fondo, la ciudad respiraba. No como un lugar, sino como un ser. Un ser que recuerda. Un ser que observa. Un ser que no ha dejado de enterrar lo que alguna vez fue humano.

El joven cerró los ojos. Por un instante, sintió que ya no pertenecía a este mundo. Y la ciudad, esa criatura de piedra y niebla, lo reconoció como uno de los suyos.

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