Crónica de la ciudad que piensa

Yo soy la ciudad que arde. No en llamas visibles, no en incendios que puedan apagar los bomberos, sino en un fuego más profundo, más antiguo, más íntimo. Ardo en mis calles, en mis plazas, en mis edificios que se elevan como costillas de un cuerpo cansado. Ardo porque mis habitantes duermen, porque sus consciencias se han vuelto tibias, porque olvidaron escucharme.
Desde mis alturas, desde mis túneles, desde mis grietas, observo cómo cada lugar habitado parece encenderse con una luz que no es luz, sino una fiebre. Una fiebre de ignorancia que se acumula como brasas bajo la piel del mundo. Yo lo siento todo: cada pensamiento perdido, cada miedo escondido, cada sueño que se marchita antes de nacer.
Sé que no todos los que caminan por mis avenidas son reales. Hay copias, imitaciones sin corazón, sombras que se mueven sin alma. Las reconozco porque no laten conmigo. No respiran conmigo. No escuchan mi pulso. Persiguen a los seres inmortales que aún quedan, los pocos que conservan una chispa verdadera. Los persiguen porque esa chispa los hiere, los revela, los desnuda. La luz de esos seres los enceguece, y en su ceguera se vuelven feroces.
Yo, que existo desde tiempos sin tiempo, he visto cómo los días se repiten como un mismo instante. Cómo los sitios se mezclan, cómo los acontecimientos se cruzan dejando siempre el mismo rastro. Todo parece ocurrir en un solo punto, como si el tiempo fuera una espiral que gira sobre sí misma sin avanzar.
Y, aun así, sigo ardiendo. Mi fuego es mi refugio. Mi fuego es mi advertencia. Mi fuego es mi esperanza.
A veces, cuando la noche cae y mis luces se encienden como ojos que no quieren dormir, deseo que mis habitantes despierten. Que abran los ojos de verdad. Que recuerden que yo no soy solo un lugar donde viven: soy un ser que los sostiene, que los guarda, que los escucha incluso cuando ellos no escuchan nada.
Ojalá el despertar sea colectivo. Ojalá un día sientan mi fuego no como amenaza, sino como llamado. Ojalá vuelvan a caminar conmigo, no sobre mí. Ojalá vuelvan a ser luz.
Hasta entonces, sigo ardiendo. Porque en mi fuego, todavía, hay vida.
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