Crónica de la Ciudad y la poeta

La poeta se detenía frente a cada fachada y sentía, en el centro del pecho, el pulso de esas habitaciones. Algunas vibraban con vida auténtica, pero otras… otras estaban ocupadas por copias. Imitaciones sin corazón. Figuras que caminaban, hablaban, sonreían, pero no tenían alma. Eran sombras que perseguían a los seres inmortales que aún quedaban, los pocos que conservaban una chispa verdadera. Los perseguían porque la luz de esos seres los enceguecía, porque en esa luz se revelaba su vacío.
Ella lo veía todo. Lo sentía como si cada latido suyo fuera un eco del mundo. Y mientras avanzaba, los tiempos se confundían: el amanecer parecía idéntico al ocaso, los días se repetían como un mismo instante que se estiraba sin romperse. Los sitios se mezclaban, las calles se superponían, los acontecimientos se cruzaban dejando siempre el mismo rastro, el mismo resultado: una ciudad dormida en medio del fuego.
Pero ese fuego, comprendía ella, era también refugio. Era la última señal de vida. La última advertencia. La última esperanza.
La poeta levantó la mirada hacia el cielo, que parecía respirar con ella, y pensó, o sintió, porque en ella pensar y sentir eran lo mismo, que ojalá el despertar fuera colectivo. Que un día, todas esas habitaciones encendidas por la ignorancia se iluminaran de verdad. Que las copias se desvanecieran y los seres inmortales pudieran caminar sin ser perseguidos. Que la ciudad, por fin, abriera los ojos.
Y mientras seguía su camino, la luz ardiente de la ciudad se reflejaba en su piel como si ella misma fuera parte del fuego que aún podía salvarlo todo.
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