ABRAZOS QUE DESARMAN EL MIEDO

Crónica desde el barrio Capri, Cali

El aire en el barrio Capri todavía huele a polvo de ladrillo y a la fría incertidumbre que dejó el terremoto del pasado 10 de agosto. En este sector, uno de los más golpeados en la ciudad, los hierros retorcidos y los escombros han vuelto irreconocible la zona. Entre ruinas que parecen respirar tristeza, un músico caleño de cuarenta y seis años camina con un propósito distinto: dar aliento a quienes lo perdieron todo.

Estamos viviendo un trauma colectivo y creo que la forma en que podía ayudar era regalando la vitalidad y la energía que tengo en un abrazo”, dice el artista, con la voz quebrada pero firme.

A la sombra de dos árboles, entre carteles improvisados y un silencio que pesa, Andrés Solomon ofrece algo que no aparece en los planes de emergencia: abrazos. Abrazos fuertes, sinceros, casi urgentes. Abrazos para quienes buscan a sus familiares, para quienes ya no tienen casa, para quienes caminan con la mirada perdida en la tercera ciudad más poblada de Colombia.

En esta Cali herida, la reconstrucción no empezó por los edificios, sino por los corazones. Frente a su improvisado puesto de auxilio emocional, Andrés sostiene el llanto de un desconocido en plena calle. Tras un sismo mortífero que silenció a la ciudad, este pequeño refugio de afecto gratuito demuestra que, cuando las palabras se quedan cortas ante la catástrofe, la dignidad humana se levanta con la fuerza de un contacto sincero.

Pero la fragilidad también es importante, y también es importante soltar todo ese dolor que tenemos en este momento, porque duele mucho”, agrega Solomon, mientras observa a quienes se acercan con pasos indecisos, guiados por una necesidad desesperada de ayuda.

Al principio, la respuesta fue el escepticismo. Los peatones que cruzaban el barrio Capri, con los ojos clavados en el suelo y el afán de quien busca noticias de los suyos, miraban de reojo el cartel de cartón con desconfianza. En una ciudad bajo shock, donde el polvo todavía nubla el horizonte, aceptar un abrazo era casi admitir la herida abierta.

Pero bastaba un solo gesto, un cuerpo que se detenía, que se inclinaba apenas, unos brazos que se abrían sin condiciones, para que el caparazón empezara a ceder. Y entonces ocurría: el silencio se quebraba, el miedo aflojaba, y el consuelo encontraba, por fin, un lugar donde quedarse.

Porque en medio del desastre, ese abrazo no era solo un abrazo. Era la prueba de que incluso entre ruinas, la humanidad insiste en levantarse. Y que a veces, lo único que necesitamos para volver a respirar es sentir que alguien, aunque sea por un instante, nos sostiene.

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https://es-us.noticias.yahoo.com/cali-puesto-hugs-here-ofrece-101259005.html

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